Una de las peculiaridades del verano madrileño es la apertura de las piscinas públicas. Sí, como lo lees, piscinas públicas. Como dirían aquí: “alucino” con la cantidad de gente que sale casi disparada de sus puestos de trabajo rumbo a las piscinas municipales, para echarse un chapuzón y disfrutar del sol. Acto seguido la movida es lucir en las terrazas un bronceado envidiable.
Cuando me enteré de la novedad de las piscinas decidí ver qué tal y fui a la que está cerca de mi casa. Pagué cinco euros por entrar. Es un buen precio, el ambiente es agradable, con unos jardines por donde caminar y canchas de tenis y padel, además de un frontón para jugar en solitario y una zona de picnic. En fin, todo organizado para pasar un domingo agradable.
La piscina estaba en perfecto orden, es grande (50 metros), así que la cantidad de gente no se notaba mucho (antes de las 2:00 pm). Ese día nadé un poco y luego me dediqué a leer.
Una vez pasado mi domingo de piscina, intenté ir el martes siguiente. Sospechaba que por ser día de semana estaría mucho más vacía y yo podría nadar sin niños atravesados en mi recorrido. No pude siquiera llegar a la puerta, una cola parecida a la de los Mercal (mercados populares de Venezuela) precedía la entrada y más al fondo se podía leer un cartel improvisado que decía. “lo sentimos, piscina cerrada por aforo completo”. Todo esto a las 3 de la tarde cuando se supone que la gente duerme la siesta.
En verano la gente hace jornada intensiva,así pues, les queda toda la tarde para el disfrute; mejor dicho, toda la tarde y parte de la noche, porque en esta época el sol se oculta 10:00 pm. Ya no distingo entre día noche. Entre una cosa y otra termino en la cama después de la una o dos de la madrugada.
En fin, mi paso por las piscinas madrileñas fueron debut y despedida. Una verdadera lástima porque son los únicos lugares dentro de la ciudad en los cuales se puede disfrutar de días veraniegos, con bañador incluido y toples (para quienes les gusta).
Ahora busco desesperada una playa cercana a la ciudad donde ir algún fin de semana. Para esto, inevitablemente debo esperar a que culminen mis clases el primero de agosto o recordar mis tiempos de bachiller en los que me fugaba a la playa.
Sigo meditando al respecto y les contaré que he decidido. Creo que la fuga está cerca, sino julio será el mes más largo del año.
PD: Les debo la foto. Para garantizar la intimidad de quienes enseñan sus cuerpos en la piscina, la administración del lugar prohíbe el uso de las cámaras.
miércoles 8 de julio de 2009
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