
El calorcito del verano llegó, las temperaturas no descienden de los 30º y hay zonas de España donde se han elevado hasta los 45º. El ambiente en Madrid es una locura, todas las aceras están llenas de mesas de restaurantes y de personas ansiosas por sentarse a compartir un rato en un bar. Impera el sabor fiesta.
Hay también quienes desesperados y amparados por la crisis colman las calles para pedir. Un indigente ocupa su esquina en la plaza Callao. De él es la foto que ven al iniciar el texto, una foto del verano de 2008, porque me niego a pagar para conseguir una actualizada. Y es que este señor vende su honestidad, él pide unas monedas para comer, unas para beber y otras para los porros, amparado en un cartel que dice: ¡al menos soy sincero!
En un lugar como éste, en la que aún las ventanas no tienen rejas y un extraño toca el intercomunicador diciendo que es el cartero y cualquiera le deja pasar, también hay rateros que se activan con las altas temperaturas, si no que me lo digan a mi que por contestar el teléfono me quedé sin monedero- un hermoso regalo de navidad, por cierto,-sin documentos y sin nada.
Durante estos tres meses, Madrid tiene una luz cenital radiante que deja al descubierto sus carencias, el exceso de gente, la necesidad y la crisis. El frío esconde por varios meses una cara de la ciudad que sólo se deja ver cuando el calor llega a los 30 grados centígrados.
Las mujeres de abrigos elegantes se deshacen de su glamour para andar con moños improvisados y sandalias playeras. Las conversaciones sólo giran en torno a las vacaciones, mientras la ciudad parece reclamar la ausencia de sus nativos que desde junio empiezan a planear su huida para descansar de las vías colapsadas, del metro que es motivo de orgullo el resto del año. Ya el parque del buen Retiro se ha quedado pequeño. Los extranjeros admiran esta cara de una Madrid que se muestra sonriente a los foráneos y que mientras más calienta el sol es menos apreciada por sus habitantes.















