Desde que me mudé a Madrid he recuperado un privilegio que en mi país no tenía, el de ser una transeúnte más, usuaria del metro, caminante de las calles y bulevares, y hasta pasajera de autobús; con lo cual, observar el comportamiento humano y hasta sus sentimientos se hace bastante sencillo.
En uno de mis recorridos del metro me encontré con tres compatriotas, la manera de identificarnos es un poco vergonzosa pero sencilla, un tono a veces arrogante y muchas muletillas con las palabras: ¡Osea! ¿Sabes?, nos delatan a leguas.
Las pasajeras formaban un trío que parecía de madre, hija y sobrina. Entre una frase y otra, entre bolsas de ropa, perfumes y souvenirs, llegó la conversación inevitable de quienes viven lejos: extrañar o no el país. Con la pregunta se asomó también la respuesta de muchos quienes estamos en el extranjero, esa excusa que han asumido un montón de personas para “huir” de sus propios demonios echándole la culpa a un gobierno.
Y me preguntaba mientras las escuchaba hablar- no sólo yo, todos los españoles, británicos, dominicanos, peruanos, ecuatorianos y chinos, por mencionar algunos de los testigos de aquel diálogo- si 10 años de un mal gobierno, son suficientes para no extrañar el lugar que te vio nacer, dar tus primeros pasos y reunir, ciertamente con esfuerzo, el dinero que te permite estar aquí.
Me venía a la mente el orgullo que sienten los argentinos por su Patagonia y su “Buenos Aires querido", pese años y años de debacle financiera y gobiernos prostituidos. Pensaba en las muchas veces que he escuchado un ¡viva Santo Domingo! Cuando dominicanos eufóricos se saludan al ritmo del merengue; en la cantidad de restaurantes mexicanos que siempre están llenos, porque ellos están orgullosos de sus tortillas, tamales y chiles; o en como los cubanos, a pesar de ser víctimas de una de las injusticias sociales, políticas y económicas más grandes de la historia, aún le hacen canciones a su Habana.
Me molesta cada vez que alguien de aquí, seguramente informado por personajes como las pasajeras del metro, me pregunta si es verdad que en mi país hay dictadura, cuando más de un millón de personas creyeron que era mejor quedarse viendo televisión que ir a votar en contra de que el gobernante de Venezuela tuviera la libertad de ser reelecto cada vez que quisiera.
Siento indignación cuando mis compañeros dicen que se vinieron huyendo a España y que no quieren volver jamás. Me preguntaba si el destino tal vez nos está cobrando un poco de nuestra arrogancia y de ese mensaje tan negativo que damos de nosotros mismos, de nuestras raíces. Ya no me extraña para nada que se sorprendan cuando se enteran de que no usamos taparrabo, que hablamos más de un idioma o que damos más la talla que muchos de los profesionales locales, porque nos están viendo tal como nos vendemos.
Si yo tuve este alboroto de sensaciones en cinco estaciones de metro y en medio de una conversación trivial, qué pensarán de nosotros quienes conviven, trabajan o frecuentan a personas como éstas.















