miércoles 22 de abril de 2009

Semana Santa en Málaga




Cuándo fui a Málaga era muy poco lo que sabía de esta zona de España, pero ya muchos me habían hablado del salero de sus mujeres, ese que caracteriza a la andaluza; había escuchado la música de Chambao, grupo de la zona, y algo que está demás decir, que allí nació Picasso.

Decidí buscar sol, arena y mar, comer pescado frito y recordar mi Semana Santa en Margarita cuando aún era estudiante.

Fueron cinco horas en carro desde Madrid. Molinos y más molinos se agrupan en las pocas montañas que hay en la vía y a lo lejos se puede ver, en un tramo de la carretera, el recorrido de Don Quijote de La Mancha, camino que prometo hacer para contarles como está eso de luchar contra hombres imaginarios.

En la ciudad tomamos un taxi cuyo conductor es lo más parecido que he visto en España a un taxista venezolano, hablaba rápido, entabló conversación inmediatamente con nosotros y nos preguntó “de qué tierras lejanas proveníamos”. Esta amabilidad y empatía sólo se debe ver en el interior, en Madrid la gente es más “europea”. Debe tener algo que ver con el clima.

Como llegué moribunda del hambre fui a calmar mi necesidad en un chiringuito (restaurante playero), donde nos recibió un amigo con un plato típico de la zona: espeto de boquerones, pescado frito, calamares, unas almejas frescas en jugo de limón y unas berenjenas bañadas en miel. Creo que no tengo que explicarles lo bueno que estaba todo aquello.

Tratamos de conocer algunos de los sitios más relevantes de Málaga y la verdad es que la Semana Santa no es la mejor época. La movida religiosa colma las calles de fe las 24 horas del día, así que nos quedó ver la ciudad de noche, con las calles llenas, pero con menos tráfico.

Málaga encierra en sus pequeñas vías la modernidad de una ciudad cosmopolita, con todo el componente comercial y cultural que eso requiere, ejemplo de esto es la calle Larios; pero también lleva intrínseco su antigua historia romana presente en su teatro o su influencia musulmana, evidente en la Alcabaza.

La conquista cristiana dejó su huella más profunda en Málaga, siendo la Semana Santa una de las festividades más importantes de este pueblo que se desborda en fervor mañana, tarde y noche.

La noche que salí a ver las procesiones de los tronos no podía creer la cantidad de feligreses que se volcaron a las calles. La mujer rinde homenaje a Dios, pero también a su belleza. Todas, pero absolutamente todas se vistieron a la altura de la ocasión y, sin importar lo que hay que caminar, los tacones son parte del “hábito”. No arreglarse debe ser pecado.

Los tronos, que preparan con la mayor ostentación posible cada una de las cofradías, son paseados por toda la ciudad según la preferencia de las hermandades, aunque existe un camino oficial de unos 800 metros que comienza en la Alameda Principal, recorre la calle Larios y un tramo de la calle Granada.

No cualquiera tiene el honor de cargar un trono, primero hay que ser miembro de alguna de las cofradías, luego ganarse el derecho y/o heredarlo. Las hermandades de la Semana Santa de Málaga se rigen por unas reglas que son refrendadas por la autoridad eclesiástica y que en la antigüedad debían ser aprobadas por el Real Consejo de Castilla.

No sé cuánto pesa un trono exactamente, pero un profesor de educación física de Málaga, quien también ha sido portador o costalero (hombre que carga tronos) por muchos años, comparó el esfuerzo realizado durante intervalos de 5 y 7 horas con hacer un triatlón, aunque acota que no hay esfuerzo que se parezca éste, por la intensidad de las caminatas, los breves descansos y la repetición a lo largo de los días.

Si tuviera que calcular el peso de cada trono, lo haría sumando al centenar de portadores o costaleros, sobre los hombros de los cuales reposan individualmente más de 20 kilos, mediría en litros el sudor de sus frentes y les preguntaría por cuánto tiempo les quedó doliendo el cuerpo. A esto le agregaría la longitud de cada calle y el trabajo de todo un año hasta llegar a los grandes días Santos.
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