viernes 3 de abril de 2009

Cuando lo cotidiano se vuelve un lujo

Una de mis actividades diarias favoritas es comer. Comer unas cinco veces al día en porciones pequeñas, así me lo enseñó mi madre y hoy en día continúo haciendo lo mismo.

Como buena nativa de un país tropical, mis desayunos incluían, y ya verán por qué ahora no es así, una arepa caliente (una especie de pan de maíz, muy rico por cierto), con mantequilla derretida y queso fresco. De postre-sí el postre del desayuno- una buena porción de frutas. Cambures (llamados plátanos por estas latitudes), lechosa (papaya), piña, melón (rosado, no blanco como los de acá) y mango eran los más habituales. A veces había un juguito, no "zumo" de tetrabrik, sino un batido espeso hecho en licuadora; o uno de naranja recién exprimida.

Intenté seguir este ritmo y me encontré con mi primer obstáculo en Madrid. Las frutas más vendidas son el fresón (fresa grande y de poco sabor), las uvas, el kiwi, las manzanas y peras. Las tropicales son parte de un menú muy lujoso. Así, por ejemplo, un kilo de manzana (aproximadamente 6 unidades), cuesta lo mismo que un mango verde e insípido. Las peras son más baratas que las piñas y las uvas más baratas que la lechosa.

Para que tengan una idea de lo poco o nada que pagaba por estas frutas, les cuento que mis padres tienen una casa grande y en ella un patio en el que siembran algunas frutas; con lo cual, a lo largo de los años hemos tenido plantas de mango, papayas, mandarinas, limón (el pequeñito jugoso, no el grande y seco con sabor artificial), patillas (sandías) y jobo, este último desconocido hasta por personas de mi tierra.

Otra de las cosas ausentes en los mercados españoles- y esto es algo preocupante para cualquier venezolano, en especial orientales y maracuchos- es el plátano maduro, ese delicioso manjar con el cual le damos el toque dulce a nuestros almuerzos. El plátano frito, asado, sancochado... ¡cómo sea!... pero siempre presente, es un “bien” costoso y, además, difícil de conseguir. He llegado a pagar hasta seis euros por una ración de plátanos fritos. Allá no llegaba ni a un euro.

Pero veamos el tema de las licuadoras. Nunca vi en Venezuela una casa sin licuadora. En mi casa hay tres. Aquí las licuadoras son más caras que un horno microondas y todo el mundo compra “zumos” de larga duración con mezclas exóticas como, fresa-plátano (Cambur de las Canarias), kiwi-soja y yo qué sé cuántas más. Claro que existen los clásicos de durazno, naranja y manzana, pero nada es igual. Lo positivo es que bebo más agua que antes.

Ni hablar de la arepita caliente. Luego de cinco meses no sé cuánto estará costando un paquete de harina en Venezuela, pero aquí pago más de 3 euros (más de 12 BsF) por un paquete de Harina Pan, hecha en Venezuela y exportada por Colombia (bendita política), para tener el gusto de comerme una arepita con huevo frito el domingo por la mañana.

Ya he olvidado por completo el sabor de los quesos telita, guayanés, paisa y en mis más remotos recuerdos se vislumbra un trozo de palmi Zulia, porque aquí en España, lo que por 29 años fue cotidiano ahora es un lujo.
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