
Hoy salí a trabajar y en medio de una revolución de pensamientos menos positivos de los que normalmente tengo, me subí en el metro para llegar hacia mi oficina. A lo largo del camino pensaba en mis funciones- que son muchas y pocas a la vez- así como también en todas las cosas que me parece que debo cambiar. Yo siempre con ganas de transformar el mundo.
Al llegar a Santo Domingo, la estación donde me corresponde bajar, seguía con mi tono de queja en la mente y vi a una chica invidente saliendo del metro; parecía que ella daba sus primeros pasos fuera de casa o que no conocía bien la ruta, pero fácilmente le tomó el ritmo a la situación y siguió adelante. Antes no había reparado en estos detalles porque aquí es muy natural que personas con algún tipo de discapacidad circulen sin mayores problemas por las calles, pero hoy hice un recuento mental de todo lo que he observado y que debiera de ponerse en práctica en todo el mundo.
Más allá del reproche que me hice por venir pensando en tono lastimero y del inmediato cambio de actitud que asumí con respecto a mi día, me percaté de todas las facilidades que existen en esta ciudad para que las personas con ciertas discapacidades puedan llevar una vida lo más normal posible. Los vagones del metro cuentan con espacios exclusivos para las sillas de ruedas, el metro tiene zonas de descanso para los adultos mayores, así como asientos preferenciales y ascensores para facilitar el desplazamiento.
Ir por las calles también es simple, por ejemplo, los semáforos hacen un pitido particular para que los invidentes puedan escuchar la señal de paso, los autobuses tienen un sistema para descender en las paradas y hacer el ingreso menos complicado a quienes no pueden caminar, y en la puerta trasera hay una grada extra para quienes se desplazan en sillas de ruedas.
Las calles están bastante niveladas y hay rampas en casi todas las esquinas, además, la mayoría de los baños públicos tienen divisiones especiales y existe hasta una línea de taxis especializada en transportar personas con alguna dificultad física.
Por esto y por muchas otras razones es que me atrevo a decir que hay bastante de humanidad en esta ciudad que, pese a ser antigua, ha adaptado sus sitios de interés para que estén al alcance de todos; ya sea por conocer o para venir a estudiar, Madrid es una ciudad abierta a todos. Claro que tiene mucho que mejorar, pero le lleva una gran ventaja a muchas ciudades que he conocido. Sin ningún tipo de miedo me atrevo a recomendarla a cualquiera.















