lunes 30 de marzo de 2009

Paro en el metro

Madrid, como gran capital, tiene los males de la mayoría de las capitales. Está colapsada en tráfico, las calles nunca están vacías y le metro siempre está a reventar. Tampoco se libra de los males sociales y de los sindicatos, esos organismos que nacieron con la revolución industrial para velar por los derechos de los trabajadores y que tienen tanto poder que pueden llegar a paralizar la economía mundial.

Y ustedes se preguntarán a que viene toda esta perorata sobre los males de las ciudades. Lo que pasa es que me tocó vivir mi primer paro del metro. Sí, el metro de Madrid, esa araña enorme que recorre cada rincón de la ciudad y que para mi es casi una lovemark, también tiene sus crisis y hoy fue uno de esos días.

La convocatoria de paro estaba anunciada. La hora no podía ser otra que esa en la que millones de usuarios acuden a sus lugares de trabajo. Llegué a la estación a las 8:30, el tiempo perfecto para recorrer las escasas seis estaciones que me llevan a mi destino, caminar lentamente desde la Plaza de Santo Domingo hasta el edificio en el cual trabajo, hacer la cola del ascensor y llegar con, al menos, cinco minutos de anticipación.

El día de hoy, mis cálculos no fueron suficientes. Perdí el tren de las 8:30 en punto y, lejos de esperar los dos minutos que espero normalmente, me tocó contemplar la estación durante 15 minutos. Me aprendí la publicidad, divisé las marcas en el piso del trayecto de la gente y calculé cada cuánto tiempo anuncian por el altavoz que estaban trabajando el 50 % de los trenes.

Cuando por fin llegó el tren, recordé a la capital venezolana, con su metro hermoso, pero insuficiente y caótico. Imaginen una ciudad diseñada para dos millones de personas y en la que conviven al menos 6 millones, sin contar los que van a trabajar provenientes de las ciudades satélites. Me sentí de regreso a ese mar de gente.

El vagón parecía trasladar refugiados, la gente apenas podía moverse dentro y faltábamos nosotros. Se abrieron las puertas y las personas salieron descomprimidas para hacer paso a quienes estábamos esperando. Era como mi closet al que ya no le cabe más nada, pero le sigo metiendo más y más ropa.

Comparaba lo que hubiese ocurrido en mi país en esta situación y lo que ocurrió acá. Como conclusión les puedo decir que los madrileños son pacientes. Ninguna palabrota se oye en medio de esta pequeña crisis del transporte, parece que todo el mundo entiende las razones del paro. Los viajeros tampoco hablan entre sí. No hay reclamos de ningún tipo, ni quejas. Nada de empujones. Nadie pierde la calma. Todo es normal, pese a que estamos como sardinas en lata y todos podríamos morir asfixiados si hay un fallo técnico. Me pregunto si esto es apatía o aceptación. ¿Será saludable tanto silencio?
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