
Siempre me han gustado los deportes al aire libre, pero debo admitir que este invierno me ha pegado duro. Practicaba kitesurf, yoga en la playa y muchas veces iba a nadar, así que como comprenderán me parece que a Madrid le falta su mar. Como no lo tiene he decidido apostar por sus parques, si y solo si el clima me lo permite. Hasta ahora no ha sido muy benévolo.
Aunque no sabía patinar, me compré unos patines lineales y decidí que ésta era la mejor forma de hacer algo un poco extremo, como a mi me gusta y con menos trabas por el clima, además es un deporte que no me cuesta dinero, salvo la inversión que hice en los patines, que fue sólo decir gracias, pues me los regalaron. Soy una mujer con suerte.
El hecho es que he acudido al parque del Buen Retiro o El Retiro, como se le conoce, para tratar de mantenerme activa y de seguir teniendo ese contacto con el exterior que tanto me gusta, pero más allá de lograr el anhelado descanso, me alegra encontrarme allí con el madrileño cuyo domingo es intocable, pues es el día de compartir con sus familiares; también con jóvenes que expresan su arte callejero, turistas y otros como yo, negados a quedarse todos los domingos en casa, aunque el frío muchas veces nos quite las ganas de salir.
Pero más que un parque, como mucho de los sitios de Madrid, este lugar es parte de la historia de la monarquía y fue construido no como un regalo a los habitantes de la ciudad, sino para descanso del Rey Felipe IV. A la construcción inicial se le llamó Palacio del Buen Retiro.
Me salto un poco de historia, pero les cuento que si hoy en día no ven ningún palacio por allí, es porque éste fue destruido durante la invasión francesa, lo mismo que gran parte de los jardines, los cuales fueron usados como fortificaciones por el ejército de Napoleón.
Fernando VII (1814–1833) inició su reconstrucción y abrió una parte del jardín al pueblo. Ya para 1868 los jardines pasaron a manos de la municipalidad y fue cuando se abrió este espacio a todos los ciudadanos. Me pregunto cuántos sabrán que pisan zona invadida o que sirvió de fortificación cuando acuden un domingo a correr.
Las veces que he ido a El Retiro suelo ver el ocaso. El silencio que trae la noche con seguridad es interrumpido por el sonido incesante de unos tambores que, como pisadas de tropas, parecen avisar la llegada de un ejercito enemigo. Pero no, son jóvenes de distintos países que quieren hacerse oír sin hablar, simplemente golpeando los cueros, teniendo como testigo nada más y nada menos que a rey Alfonso XII de España en su monumento.
Como todos los demás que ya nos hemos dado varias caídas intentando patinar, me acerco a bailar un poco y me hago parte de esta orquesta étnica improvisada, unida por un instrumento que desconoce fronteras.
Mientras tanto, espero progresar en esto del patinaje y seguir teniendo excelentes domingos en medio de auténticas obras de arte como el Palacio de Cristal, la Plaza de Estatuas, el estanque y La Puerta de España, entre otros. El objetivo del Rey Felipe IV está logrado, antes descansó él, ahora todos quienes buscamos un buen retiro.















