lunes 2 de febrero de 2009

Gracias al Coliseo y a El Vaticano...



Cuenta la leyenda que los gemelos Rómulo y Remo, hijos de Marte, fueron abandonados al nacer a orillas del río Tíber. Una loba de nombre Luperca se encargó de criar a los niños, quienes al crecer se pelearon. Rómulo mató a Remo y fundó Roma.

Hace un par de meses o un poco más estuve en esta ciudad italiana, cuyo caótico inicio explica muy bien lo que es hoy en día. Se dice que es una de las ciudades que toda persona debe conocer. Yo estoy de acuerdo. También les aseguro que no quiero volver.

Que me perdonen mis amigos italianos, pues yo había conocido en mi país unos muy simpáticos, humanitarios y buena gente, pero creo que esas cualidades se esfumaron con Remo.

Desde Madrid hasta Roma hay apenas dos horas de vuelo, lo cual lo hace un viaje cómodo y agradable. En el aeropuerto se debe tomar un tren para poder llegar. No se dejen de engañar, nada que ver con los trenes españoles. Aquellos vagones estaban sucios, tanto que no se determinaba bien de qué color eran. Por dentro la cosa estaba mejor, así que decidí pensar que era apenas un descuido y que luego en la ciudad sería todo lindo. Me equivoqué.

Me tocó subir al metro, estaba más sucio que el tren y lleno de graffitis, un nido de vándalos. Viajaba y pensaba en cuándo iba a ver la hermosa ciudad de las fotografías, el magnífico Coliseo, el Foro Romano, esas cosas por las que Roma es famosa.

A la mañana siguiente me levanté lista para dejar las suelas de los zapatos en las calles, me dirigí hacia la basílica de San Pedro, la principal sede de El Vaticano, la segunda basílica más grande del mundo, la misma donde el Papa oficia sus misas. Un lugar fenomenal, en especial para mí, que en las iglesias solo admiro la arquitectura, las esculturas y las pinturas, pues mi templo de adoración es la vida misma.

El segundo día fue el grandioso, el de la visita al Coliseo, ese espacio donde los gladiadores se peleaban a muerte. Es muy fácil imaginar desde sus gradas toda la euforia que se vivía. Lástima que los romanos de hoy pasen en sus carros por donde caminaron los romanos antiguos y les de lo mismo. Por como está la ciudad, imagino que están hartos de despertar y encontrarse frente semejante obra.

Salí hambrienta del paseo por el Coliseo y me fui a comer a uno de los restaurantes que estaban cerca. Como era de esperarse, todos tienen pasta, pizza y de postre helados. En realidad se come muy bien, aunque también muy caro, lo cual no sería un problema si quienes te atienden no te gritaran o te vieran con cara de: ¿ya te decidiste? Apúrate que tengo cosas más importantes que hacer. Esta cara se repitió en la mayoría de los sitios donde comí, parece que a los romanos no les gusta mucho ser camareros.

Al Foro Romano le dediqué el tercer día. El Foro era el equivalente al centro de la ciudad en la Roma imperial, allí estaban los centros de administración de justicia, los lugares religiosos y se desarrollaba el comercio de todo tipo, hasta el de las prostitutas.

El Vaticano fue el lugar que dejé para cerrar con broche de oro. ¡Qué casita la del Papa! Jardines inmensos, salas con obras de arte que parecen no terminar, comercio de souvenirs en cada pasillo y, una vez más, personas poco amigables que van “arreando” a los visitantes por las escaleras siempre repletas de quienes acuden deseosos de conocer la Capilla Sixtina, una de las obras más perfectas de Miguel Ángel y que está dentro de los museos de El Vaticano.

La Roma imperial, su historia y sus lugares, me fascinaron, pero creo que nadie iría a la Roma de hoy si esto dependiera de sus habitantes. ¡Menos mal que tienen el Coliseo y El Vaticano!
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